Nerja saltó a la fama en dos ocasiones. La primera, en 1859, cuando Alfonso XII visitó la localidad tras un terremoto y bautizó la antigua batería de cañones del promontorio con su nuevo nombre: el Balcón de Europa. La segunda, en 1981, cuando se rodó aquí la serie «Verano Azul», que grabó el nombre del pueblo en la memoria de toda una generación de españoles; una réplica del barco aún descansa en un parque. Entre ambos hitos se produjo el descubrimiento de sus cuevas en 1959, con pinturas prehistóricas y galerías que, se cree, se extienden kilómetros en dirección a Granada.
La geografía lo explica todo. La Sierra de Almijara y Tejeda se alza justo a espaldas del pueblo, con el pico Navachica superando los mil ochocientos metros de altitud, y sus laderas descienden casi hasta el mar. Nerja no tiene hacia dónde expandirse, razón por la cual la franja urbanizada de la Costa del Sol termina aquí. Burriana es su playa principal, Maro es el tranquilo pueblo situado justo al este y el río Chíllar es un desfiladero que se recorre caminando por el propio cauce. Los inviernos son suaves: en enero las temperaturas rondan los diecisiete grados, mientras que en agosto alcanzan máximas cercanas a los treinta y uno.
No es un lugar para todo el mundo. Casi un tercio de sus habitantes son extranjeros, en su mayoría del norte de Europa, jubilados o residentes a tiempo parcial, y eso se nota en el ambiente. Los compradores que busquen un pueblo español con vida propia deberían fijarse en Torrox o Vélez-Málaga. El aeropuerto está a casi una hora de distancia, un punto en su contra para quienes viajan en avión con frecuencia, que encontrarán en Fuengirola una opción más cómoda. Y cuesta lo mismo que Málaga capital.